La musa me sigue haciendo guiños, tuve que pisarla, le pisé los ojos y sus largas pestañas me hicieron cosquillas en la planta del pie. A veces siento compasión (¿o ternura?) por su postura desvalida.
El otro día lloró diciéndome que no quería más estar ahí, que prefería que la levantara y la tirara al cesto de basura; yo la ignoré, no quise escucharla. Ahora resulta que ella me dirá que hacer con su divinidad.
Honestamente no sé si debo levantarla o largarme de una vez por todas de su lado, olvidarla (como lo hago cuando no la veo). Lo último es lo que más nos convendría y siento es lo más fácil de hacer, el problema que para escaparme de ella tengo que pasar por donde está y el sólo hecho de verla siempre, invariablemente me hace dudar el abandono.
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